Gracias, primo

24 03 2011

Entre cagaderas, corsos a contramano, idioteces extremas, promesas divinas, bolsos voladores y amenazas sísmicas, Humauaca va quedando atrás para darle paso a la tan esperada Iruya. Vamos en busca de una charla con todas esas almas que allá no quedaron, sino que fueron dejadas, en el mayor intento por lograr mantener una mente sana en aquella jungla de locos esclavos de las agujas, a base de un espíritu constantemente alimentado por paisajes y vida. En busca de esa charla, como para que nos confirmen que lo más prudente es seguir ese ejemplo, o incluso dejar el cuerpo allí también.
Los cerros pasan, igual que las curvas, y el micro da un mensaje claro: todo lo que se ve por el parabrisas es el celeste del cielo cortado con unas gotas de blanco. El teléfono dice que nos vamos alejando del área de cobertura del Hermano Grande, y nos invita al suicidio social: si existen las antenas celulares en ese Paraíso, no quiero enterarme.
Las subidas se convierten en bajadas, y el motor lo festeja. Los horizontes se nos van haciendo amigos, para luego quedar en el pasado, y nosotros lo festejamos. Dejar Purmamarca nos costó 4 días y mucha voluntad. Dejar Humauaca fue cuestión de horas y sueño, apenas. Dejar Iruya va a ser factible sólo con el diario del Lunes.
Y, mientras veo candidatos muy superiores a wallpapper de Windows XP, intento barajar la posibilidad de una desilusión, como para adelantarse y tratar de que sea más leve. Pero, ya lo sabemos: el esfuerzo es inútil, resistance is futile.
Recargo la coca, inseparable compañera de viaje a esta altura, cuando nos despedimos del asfalto a 47km de nuestro destino y comienza la real travesía. Verde, marrón, celeste, blanco, y saltos: esos son los 5 colores que existen en este mundo bidimensional definido por la distancia y la altura.
El chango del primer asiento abre los ojos por vez primera desde la partida, y el micro le ruge al camino, en una demostración de poder que intenta avisarle que, por mucho esfuerzo que la vía haga para que no lleguemos, aún así no piensa arrugar.
La segunda dimensión de estos parajes aumenta a medida que la primera disminuye, y un par de burros accede a dejarnos seguir viaje.
Algunos metros atrás vemos una moto escoltándonos, y otro tanto nos separa del micro que nos acompaña. Iturbé, capital del sauce, nos da la bienvenida, mientras El Rey levanta la botella de agua caída y nota este relato.
Las sombras inmortalizadas de El Che, Tupac Amaru y Evita dejan lugar a la terminal local, mientras un nuevo cartel denuncia 48km de distancia al destino. Dos mujeres de edades muy disímiles ofrecen ensalada de fruta y empanadas, y una tercera se suma con la pizza.
Un hombre, un perro, un pájaro, un motor que pide volver al ruedo y un micro que no aparece. Y gente que se para y se vuelve a sentar, gente que sube al micro, gente perfumada con empanadas, gente con el termo en la mano.
Le pasamos la posta a la otra unidad, y así vamos: nosotros nos movemos, ellos estacionan en la terminal. Una F100 confirma lo que el óxido del cartel presagiaba: las vías están, pero hace tiempo que el tren no pasa.
Inocentes palomitas pensando que habíamos recorrido el camino complicado: al bajar de las vías, que nos sirvieron de ruta, el chofer baja del micro, a tratar de convencer al camino para que nos deje pasar. Miradas de asombro, mucha incertidumbre, rumores y murmullos varios, y una versión cumbia de Hasta que me olvides. Tiempo. Espera. Paciencia… Impaciencia.
Calles inteligentes alemanas para armar. O la voluntad de varios pasajeros rellenando el camino con piedras, para cruzar hacia el otro lado. Turismo aventura, señores, con un Mercedes con aires de Land Rover. O de equino superpoderoso.
Cruzamos el río, vaya a saber el chofer cómo, y un nuevo cartel se nos ríe diciendo que apenas avanzamos mil metros. El camino, para compensar, se vuelve más benevolente. Y así, con Queso Ruso sonando en la cabeza, seguimos devorando la dimensión 1, la que molesta, la que entretiene, la que maravilla con sus imágenes.
La nave se inclina de lado a lado, y todos apretamos los dientes, rogando que el contador de bolsos caídos del techo siga sin estrenar. O, mejor dicho, todos menos el fercho, cuyo semblante se mantiene inmutable desde la partida, o desde mucho antes, tal vez.
D2 (llamémosla así) no se manifiesta demasiado aún, o al menos no de forma molesta. El Fer inspira armonía y tranquilidad, mirando con indiferencia las volteretas del camino que hacen llorar a nuestro todopoderoso vehículo. Y allá, a lo lejos pero no tanto, las cumbres se tiñen de blanco, complementando el paisaje para resumir el viaje en una palabra: épico.
Volvemos a sortear el río tras pasar 5 o 6 edificaciones a las que un cartel verde con letras blancas denominó Chapai Rodeo, o algo así. Seis tramos de caño convenientemente ubicados forman una cancha de fútbol, un potrero como el de toda la vida. Y el camino se vuelve más precipicio que nunca.
El río, a nuestra izquierda, parece de sopa, y mientras algunos piensan en despedirse de esta vida (inspirados por las curvas y contracurvas del sendero), el Fer sigue igual que siempre, y me deja relajado como pocas veces en la vida. Aún así, parece que no hace el mismo efecto en todos, y se escuchan risas nerviosas que intentan esconder el verdadero miedo que mostraban los apocalípticos comentarios previos. Pero no. El Fer está, y estando el Fer es imposible preocuparse.
Y así, de a poquito, a medida que las postales pasan, los pensamientos se vuelven positivos, y morir o no morir se va haciendo superfluo. Los comentarios de “yo no me vuelvo” parecen indicar que todo era cierto y que, sin darnos cuenta, las almas acá presentes nos vinieron chamuyando con mucha carpa, y llegar a Iruya o no es sólo otra anécdota: acá quedarán, en estos paisajes y para siempre, las almas de los 45 pasajeros de este micro, con posibilidad de enviar a sus respectivos cuerpos de vuelta, a eso llamado “civilización”, con la divina misión de despertar momias y hacerlos parte de esta comunión, de esta maravilla.
Si te cruzás a alguno de estos soldados, escuchalos. Te estamos esperando acá… con el alma en Iruya.
11/03/2011
12:35
Las puertas del nuevo cielo

Y no descepcionó, lo juro…


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